“El perdón no siempre es fácil. A veces, el perdonar al que lo causó se siente más doloroso que la herida que se sufrió. Y sin embargo, no hay paz sin perdón”. (Marianne Williamson)

El perdón, como experiencia humana universal, define en gran parte nuestra condición como persona. Sin el perdón, nos desnaturalizamos: perdonar y ser perdonado es una condición necesaria para todos los procesos de socialización, apego y sanación. El perdón, además, trasciende el ámbito de lo cotidiano y familiar para expandir nuestra identidad, nuestro self, al ámbito de lo espiritual, lo ético y lo cívico-social, ya que conecta nuestra experiencia con la de los demás, yendo más allá de la individualidad.

El perdón, sin embargo, en nuestra sociedad actual se topa con innumerables obstáculos que bloquean su discurrir espontáneo. Vivimos, literalmente, acosados por el drama y el trauma: la miseria de la pobreza, el horror de la guerra, el desgarro del abuso sexual, lo devastador de la violencia de género, etc. Demasiado dolor para poder ser reprocesado en un sistema social que, además, tiende a la competitividad y a la pérdida de lo comunitario. Perdonar, en este contexto, se antoja una empresa paradójicamente inhumana.

Desde Hernández Psicólogos somos sensibles y conscientes a esta necesidad, natural y saludable, de dejar un espacio y un tiempo para el perdón y hemos condensado toda nuestra experiencia al respecto en cinco recomendaciones básicas, para aquellas personas que se sientan incapaces de perdonar un daño realizado por otra persona.

Aceptar la naturaleza procesual del perdón

Perdonar, al igual que “amar”, es un fenómeno socioafectivo que se desmarca de la etiqueta de acción: perdonar es un proceso. Esto significa que trasciende al agente y al objeto, al acto y al sentimiento e, incluso, al tiempo. Como proceso, por tanto, es algo que debe “gestarse”, de acuerdo a un ritmo e idiosincrasia propio.

Perdonar y sentirse perdonado opera en base a una combinación de procesos conscientes e inconscientes, lo que significa que buscarlo deliberadamente, forzándolo, puede ser contraproducente. En su lugar, recomendados trabajar aquellas condiciones que, indirectamente, sí facilitan su florecimiento como, por ejemplo, “perdonarse a uno mismo” (véase el punto cuatro). Que sintamos que no podemos perdonar sólo significa que, en este momento, “aquí y ahora”, no me encuentro en la etapa de mi proceso de perdón necesaria para sentirlo.

Ir más allá de la razón

La cultura judeocristiana ha enfatizado la relevancia del perdón. En ocasiones lo ha hecho desde la asociación con el amor y la solidaridad, lo cual ha generado una visión del perdón como un acto de bondad. En otras ocasiones, no obstante, el perdón ha sido dibujado como una obligación, buscándose una demostración, pública y privada, de pureza. Lo lógico, por tanto, y según lo hemos aprendido, es perdonar a los que nos atacan, de manera casi automática y sin priorizar nuestros sentimientos.

Pero el perdón, como proceso, integra razón y emoción, mente y cuerpo. Dejarse llevar por el mandato de “debes perdonar” sin buscar una regulación de nuestro afecto puede generar una estratificación de sentimientos enconados y no resueltos. Es común, desde nuestra experiencia clínica, encontrar debajo de una dificultad para perdonar capas de emociones “disociadas”, esto es, no reconocidas ni expresadas correctamente.

Una cronificación del proceso de perdón puede, entonces, ocultar unas lágrimas no lloradas desde la tristeza, una reivindicación no hecha desde el enfado, un miedo que no se ha temblado o una vergüenza patológica: “debo ser capaz de perdonar… y si no puedo hacerlo, significa que soy una mala persona”. Nuestra segunda recomendación, en este sentido, es clara: asume que no eres una mala persona ni sucede nada malo en tu interior por sentir que no puedes perdonar.

Buscar un consenso interno

Nuestro mundo interior es complejo. No sólo se entrelazan la emoción y la razón sino, además también, diferentes “partes” o “subpersonalidades” de nuestra psique. Nuestro cerebro y nuestro cuerpo pueden constituirse como el hogar de toda una familia interna. Así pues, por ejemplo, puede existir una parte en nuestro interior que tenga pensamientos, deseos y necesidades propias de la adolescencia. O una parte, “aparentemente normal”, que rija nuestro funcionamiento cotidiano, permitiéndonos lidiar con todas nuestras responsabilidades.

A veces, las dificultades para perdonar devienen de una parte infantil, más vulnerable. Es posible que este “niño interior” no quiera perdonar, aunque otra parte nuestra, más adulta, consecuente y racional, sí desee hacerlo. Puede que este niño interno esté herido y que fruto de su dolor no quiera perdonar una ofensa recibida en nuestro presente, ya que ésta reactiva toda la frustración, humillación y miedo del pasado. Esta parte infantil, obviamente, no trata de boicotearnos pero sí parece probable que todo su dolor no esté resuelto ni reprocesado, lo cual obstaculiza el proceso natural del perdón.

No perdonar, por tanto, supone una forma de conflicto interno, donde pasado y presente se fusionan en un mismo estado de dolor y bloqueo. Aceptar la presencia de nuestro niño interno, con todo su sufrimiento y dificultad, se antoja imprescindible, por consiguiente, para poder perdonar de una manera sentida y genuina.

Perdónate a ti mismo

Suele existir un paralelismo entre lo que sucede en nuestro mundo interno y nuestro mundo externo. Las dificultades para sentir que perdonamos a alguien pueden obedecer, al menos en parte, a una necesidad de autoaceptación y autocompasión. Encajar una imagen de nosotros mismos sintiendo rencor, enfado y bloqueo no es tarea sencilla (autoaceptación). Y qué decir de la capacidad para proveernos aliento, amor y apoyo (autocompasión). Quizás, entonces, podamos descubrirnos siendo demasiado duros con nosotros mismos: no nos perdonamos sentir lo que sentimos, somos implacables con nuestras reacciones involuntarias y, a día de hoy, seguimos reprochándonos ciertos sucesos de nuestra historia personal.

No perdonarse es, en sí mismo, un fragmento de la historia de nuestra vida: Probablemente no sentimos la aceptación incondicional que necesitábamos y no sentimos la suficiente reparación-justicia por el daño recibido. Perdonar a otros, en resumen, nos adentraría en los recuerdos de la aceptación incondicional que no sentimos en nuestra infancia, así como de aquellas responsabilidades y daños que nos superaron. Aceptar nuestra limitación actual para sentir que perdonamos es el caldo de cultivo ideal para, paradójicamente, fluir: aceptar que ahora no podemos perdonar y que, al mismo tiempo, somos dignos y merecedores del perdón, tanto externo como interno. Perdonarnos por no poder perdonar.

Aprende a soltar

Las cuatro anteriores recomendaciones podrían resumirse en una sola palabra: soltar. El perdón supone una reconciliación tanto con una realidad externa (persona, circunstancia ambiental, la vida, etc.) como con nuestro mundo interno (amar al niño que fuimos y que seguimos siendo, en parte). Es un hacer las paces, también, con el pasado. Sentir que no perdonamos es un fiel reflejo del bloqueo interno que experimentamos: nos aterra la idea de aceptar que, ahora mismo, no podemos (ni queremos) perdonar ni perdonarnos. El perdón es el crisol que aglutina el duelo, el trauma y el amor, de ahí su importancia capital tanto para la vida como para la psicoterapia.

Soltar tiene que ver con la aceptación y el fluir, dándonos cuenta que no tenemos la culpa por sentir resentimiento, que no somos responsable por el sufrimiento infantil enquistado y que, en definitiva, el perdón llegará solo, como una consecuencia natural del respeto y la confianza por el proceso en sí, la expresión de las emociones recluidas debajo del mandato hiperacional del perdón, la búsqueda del consenso interno entre partes (las que quieren y las que no quieren perdonar) y la armonía surgida de la autoaceptación y la compasión.

En Hernández Psicólogos contamos con especialistas que pueden ayudarle a controlar esas situaciones en las que no sabe cómo perdonar y además, a encontrar la armonía en su interior.

Si vives por Málaga, Marbella o Fuengirola: puedes pedir cita a través de las siguientes páginas para ser atendido en cualquiera de nuestros centros de manera presencial o con nuestros psicólogos online:

Cinco secretos para aprender a perdonar a quienes nos hacen daño
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