¿Cuáles son las consecuencias de la ausencia de halagos?

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Se trata de algo muy habitual en muchas áreas de nuestra vida, solo que en algunas ocasiones somos los emisores y en otras los receptores, esto depende del poder con que contemos en cada situación.

Cuando las cosas salen bien, cuando estamos contentos del trabajo de alguien o nos damos cuenta de los buenos resultados que ha alcanzado, nos cuesta “un mundo hacérselo saber”, tememos decírselo por pensar que aumentan las probabilidades de que se lo crea y se relaje en su desempeño.

De modo que, seamos o no conscientes, nos sobrecargamos uno a los otros de críticas, reproches y prescindimos de los halagos, y del reconocimientos. Pensemos por un momento, ¿Solemos hacer más críticas que halagos? ¿Nos suelen señalar y llamar la atención sobre lo que no hacemos bien o por el contrario nos destacan el trabajo bien hecho?, seguramente la balanza se inclinará más sobre el polo negativo, a pesar de que, como ha demostrado la investigación científica, necesitaríamos para un correcto equilibrio emocional al menos cinco halagos por cada crítica, ya que para la mente humana lo malo es más fuerte que lo bueno.

No somos inmunes a la sobrecarga de juicios negativos. Todos necesitamos dosis de reconocimientos. La ausencia de halagos deja huella en nuestro estado emocional: cuando solo recibimos críticas acabamos creyendo que hacemos las cosas mal, y que no somos buenos en lo que hacemos, este es el mensaje que se nos queda grabado en nuestro cerebro y acabamos perdiendo AUTOESTIMA.

La falta de reconocimiento destruye a la autoestima, no todos por igual y de la misma manera pero lo hace y si además lo combinamos con una dosis de crítica, el efecto se multiplica.

Es bueno halagar generosamente a los demás cuando se lo merecen (las personas verán que existe un efecto en lo que hacen y se empeñaran en seguir manteniendo esos resultados positivos, de alguna forma le ayudamos a que sepan lo que queremos y señalamos el camino a seguir), como es bueno saber recibir y disfrutar de un halago merecido. Ambos comportamientos son signo de seguridad. Lo que no es sano es depender de los halagos de los demás ya que eso nos hace vulnerables y nos deja a su merced. Cuando dependemos del reconocimiento ajeno para sentirnos bien, acabamos haciendo lo que sea necesario para obtenerlo, prescindiendo, en el límite de nuestros propios valores (dependencia emocional).

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