Coronavirus (COVID-19): atención psicológica durante periodo de confinamiento Saber más

La realidad siempre supera a la ficción. Tiempos de coronavirus

A finales del siglo pasado y comienzos del presente surgió el temor a lo invisible, a ese enemigo que opera a nivel microscópico y que mata de manera silenciosa e implacable. Primero adoptó el frío rostro de la radioactividad, en el trágico “accidente de Chernobyl”. Más tarde, la ciencia ficción puso de moda el término “biohazard”, en alusión al riesgo biológico de coronavirus o virus y armamento militar químico. El miedo, entonces, se disfrazó de pandemia y de caos planetario, dibujando escenarios posapocalípticos: zombies, con ojos inyectados en rabia, aterrorizaban a toda la población mundial, con supermercados saqueados como telón de fondo.

Ahora, en pleno año 2020, un pequeño “bichito”, con nombre de coronavirus o, más técnicamente, COVID-19, ha desatado la mayor crisis sanitaria jamás registrada en la historia moderna, amenazando con poner en el jaque al orden mundial actual. Del conocido estado de bienestar hemos pasado al acuciante estado de alarma. La epidemiología se convierte en una ciencia funesta, trazando curvas de contagio y enumerándose incontables casos de infectados y de fallecidos. La ciencia ficción toma cuerpo y se convierte en muerte y trauma.

Las medidas de confinamiento, así como la labor heroica del personal sanitario, constituyen los pilares de la “batalla contra el bicho”, en pos de detener el avance implacable del coronavirus COVID-19. Todo esto supondrá una paralización, cuanto menos, parcial, de la economía mundial, además de los trágicos costes humanos, en forma de nuevos casos de contagio y de muerte. Sin embargo, esta crisis sanitaria también pone sobre la palestra otras víctimas, invisibles, alejadas de la epidemiología y del foco mediático. Si un hospital y, en concreto, su UCI/UVI, en los tiempos del coronavirus puede representar el mismísimo infierno, no menos desesperante puede suponer el confinamiento en casa de aquellas personas aquejas de un trastorno psicológico y, en concreto, de hipocondría.

Hipocondría o el miedo a enfermar por el coronavirus

La hipocondría, también conocida como hipocondriasis, hace referencia a la preocupación o temor excesivo a padecer una enfermedad. Dicho miedo puede condensarse en la convicción inquebrantable de sufrir un cuadro médico grave. Dicha aprensión, por supuesto, lo que clínicamente se conoce como interferencia vital: es decir, lastra el funcionamiento cotidiano de la persona en distintas áreas, como la familiar, social y/o laboral. Y, por supuesto, es irreductible a la razón: esto es, aún recibiéndose la notificación médica de la ausencia de enfermedad, dicho temor, preocupación y dudas, persisten.

El estado de incertidumbre general, de anulación de los recursos sociales y comunitarios y de confinamiento puede suponer una verdadera crisis para cualquier ser humano. Sin embargo, para aquellas personas aquejadas de hipocondría sería, como era de esperar, una auténtica pesadilla. La exposición a estímulos informativos, a veces, de corte catastrofista, así como la imposibilidad de poder ser regulado relacionalmente por otras personas/profesionales puede generar en estas personas un estado de angustia que sobrepase su capacidad de afrontamiento actual, con un riesgo de retraumatización de sumo interés, que difícilmente podrá ser tenido en cuenta en un estado de alarma ante una crisis sociosanitaria.

Para entender cómo la actual crisis del coronavirus COVID-19 puede empeorar la sintomatología de la hipocondría, de cara a poder paliar esta otra crisis, invisible, primero debemos entender cómo opera este trastorno, tanto a nivel intrapsíquico como interpersonalmente.

Hipocondría COVID-19

Fobia al cuerpo: ¡No me toques!

La persona que padece hipocondría se siente atrapada entre dos bandos no integrados. Por un lado, evita exponerse a todo tipo de estimulación externa que pudiera exacerbar su temor a enfermar. Aquellas situaciones sociales, por tanto, que pudieran incrementar el riesgo de infección/enfermar por coronavirus serían potencialmente fóbicas. Así pues, el contacto físico con personas o el frecuentar determinados ambientes físicos, como supermercados u hospitales, pueden ser evitados. También todo tipo de noticias vinculadas a la enfermedad temida en cuestión que, casi siempre, suele ser el cáncer, no serán del agrado de este tipo de personas.

Por otro lado, la persona con hipocondría mantiene una relación ansiosa con su propio cuerpo. La fobia también se extiende, por lo tanto, a la estimulación interna o interoceptiva. Un amplio espectro de señales somáticas, naturales, son susceptibles de ser interpretadas como pruebas casi fehacientes de la presencia de una enfermedad grave. La alteración del latido cardiaco, por ejemplo, que perfectamente puede obedecer a una fluctuación normal, sería motivo suficiente para activar todo un proceso de rumiación. La presencia de discontinuidades en la piel, por su parte, podría ser el combustible perfecto para temer la presencia de un cáncer de piel, por citar otro caso.

Este callejón sin salida, en el cual el hipocondriaco no puede alcanzar un refugio seguro ni fuera ni dentro de su cuerpo, sitúa a la persona en un estado de angustia casi constante, de hiperactivación neurofisiológica difícilmente regulable mediante la evitación y la búsqueda compulsiva de síntomas, y que, poco a poco, menoscaba su proyecto vital. Sin embargo, el primer rayo de luz puede venir al proponer una lectura psicológica que vaya más allá del imperioso síntoma hipocondríaco, analizando cómo se relaciona el hipocondriaco tanto consigo mismo como con los demás.

Me trato como me han tratado

La relación que la persona con hipocondría mantiene con su propio cuerpo puede funcionar como recuerdo y símbolo al mismo tiempo. Es decir, supondrá el vestigio de parte de su infancia y, a la vez, la metáfora perfecta para entender cómo opera su forma de conectar con los demás: esto es, su sistema de apego. Por apego entendemos la capacidad innata del ser humano para buscar la proximidad y la seguridad en la relación con el otro, funcionando dicha relación o vínculo como el refugio y base segura para poder explorar el ambiente, en pos del crecimiento y la evolución.

El vínculo que se mantiene con el propio cuerpo en la hipocondría está teñido de una enorme ansiedad: es un cuerpo que se escudriña de manera minuciosa, desde un matiz crítico, casi fatalista, en búsqueda de imperfecciones que se registren como señales de alarma. Es un cuerpo al que se considera, por consiguiente, peligroso. Y, en última instancia, debido a la manipulación tan estricta a la que se le somete, es un cuerpo maltratado, también.

La relación que mantiene este tipo de persona con su organismo físico bien podría ser el reflejo de una infancia marcada por la angustia de sus propios padres. No en vano, nos acabamos tratando como nos trataron a nosotros mismos. En la hipocondría existe un déficit tanto de autoaceptación como de autocompasión. La autoaceptación se define como la capacidad para hacernos cargo de todo nuestro mundo interno: pensamientos, emociones, impulsos y sensaciones físicas. La autocompasión, por su parte, es la habilidad para proveernos de cuidado emocional: nos deseamos estar bien y en paz y nos comportamos de manera congruente a dicho propósito. Tanto la autoaceptación como la autocompasión nacen de un vínculo de apego seguro con nuestros padres, en el cual interiorizamos que nuestros progenitores están disponibles ante nuestro malestar, siendo fuentes fiables de regulación emocional.

Si la persona con hipocondría se comporta de manera temerosa y obsesiva con su cuerpo pudiéramos plantearnos cómo ha sido la relación de este individuo con sus propios padres y si, en particular, dicha relación ha estado muy imbuida en el miedo, la preocupación y el catastrofismo. No se trataría de una cuestión de determinismo biológico y sí de aprendizaje de una pauta de comportamiento en relación con el propio cuerpo y a los demás. Y no se trata, tampoco, de una cuestión de culpabilizar y sí de entender. La comprensión y la consciencia pueden ser el germen de una autoaceptación y autocompasión incipientes.

Miedo a morir, miedo a matar. Miedo al coronavirus Covid-19

Hemos hipotetizado que detrás de la hipocondría existe una relación ansiosa tanto con el propio cuerpo como con la realidad social de la persona, y que dicha vinculación ansiosa interna podría derivarse de una forma de apego ansioso con respecto a los padres en la infancia. Sin embargo, el alcance de la hipocondría no se diente aquí y afecta a todo el aparato psíquico de la persona en cuestión: la fobia al cuerpo también conlleva una fobia a determinados afectos e impulsos.

La emoción puede conceptualizarse como el motor motivacional de nuestro aparato psíquico, generando la engería y la direccionalidad oportuna para orientar nuestro comportamiento. La emoción, como entidad psicológica, tiene un correlato somático innegable: experimentamos las emociones a través del cuerpo, mediante sensaciones fisiológicas. Y es el cuerpo, además, el que nos permite encauzar nuestros impulsos psicomotrices derivados de dicha emoción.

La hipocondría, por tanto, no sólo supone una forma de relacionarse ansiosamente con el otro y con el propio cuerpo sino, además, también, una fobia a ciertos afectos. La angustia de la hipocondriasis puede funcionar, en este sentido, como una tapadera de diferentes emociones. Debajo de la ansiedad, metafóricamente, podemos encontrar afectos como la tristeza, el enfado, la culpabilidad o la vergüenza, por citar algunos.

Coronavirus y la hipocondría

Así pues, por ejemplo, la relación que mantiene la hipocondría con el miedo parece obvia. El temor por enfermar o a contagiarse puede concretarse en el miedo a entrar en contacto, físicamente, con los demás. También puede reflejar un miedo al dolor y, por supuesto, a la muerte. Y la muerte, más allá de su inexorable literalidad, puede funcionar como un símbolo para representar otras realidades psicosociales, como el rechazo, el fracaso, el duelo o la soledad, siendo el miedo a la muerte algo más que, paradójicamente, el temor a morir.

Además del miedo, la hipocondría puede versar sobre otros contenidos experienciales, como el enfado. El elevado estado de hiperactivación neurofisiológica en el que se encuentra la persona aquejada de hipocondría difícilmente puede explicarse sólo con la presencia de miedo. El enfado, nuestra otra emoción básica energizante, también puede generar niveles elevados de activación interna. La angustia hipocondriaca, por tanto, pudiera suponer una expresión bloqueada del enfado. El miedo al descontrol iracundo, pudiendo estallar de rabia, e interiorizado de una relación de apego ansiosa con unos padres incapaces de respetar los límites físicos del infante, puede ser uno de los núcleos experienciales de la hipocondría.

Por último, la hipocondría puede “ocultar” la experiencia y expresión de otros afectos, como la culpabilidad y la vergüenza, como grandes impulsores de la autoexigencia corporal, o la tristeza, como sentimiento blando. Parece ser, entonces, que la emoción y la forma de vincularse con el prójimo son dos elementos básicos para entender qué es y cómo tratar a la hipocondría.

Tratamiento: yendo más allá de los síntomas del coronavirus COVID-19

De todo lo escrito más arriba se puede extraer una conclusión: el reprocesamiento emocional se antoja imprescindible en el tratamiento de la hipocondriasis. Por reprocesamiento emocional entendemos la conexión con aquellos contenidos experienciales bloqueados, con el objetivo de facilitar la fluidez y liberación del sistema interno de la persona. Dicho reprocesamiento emocional permitiría, además, la resolución de “asuntos pendientes”, “experiencias traumáticas infantiles” y, en definitiva, de todo aquel pasado que, de manera corporal y relacional, sigue atormentando a la persona.

Otro punto esencial, ya comentado, es la reestructuración del estilo de apego. La persona, de manera progresiva y con la ayuda de un psicoterapeuta, puede cambiar la forma que tiene de relacionarse con el otro y, sobre todo, consigo mismo. El escudriñamiento obsesivo y catastrofista del cuerpo puede ir mutando, progresivamente, hacia un cuidado interno cargado de consciencia plena y compasión. Aprendería, como resumen, a tratarse de una manera diferente, generándose un apego seguro tanto intrapersonalmente como interpersonalmente.

Ambos conceptos, tanto el reprocesamiento emocional como la reestructuración del estilo de apego, pueden ser trabajados mediante un amplio abanico de procesos psicoterapéuticos, como el EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares; siglas en inglés), la terapia sensoriomotriz, la terapia basada en la regulación del afecto y la psicoterapia basada en el apego, entre otras. Todos estos procedimientos psicológicos, además, pueden aplicarse de manera telemática, lo cual puede contrarrestar los efectos tan perniciosos de la crisis sociosanitaria actual, donde el confinamiento, como ya se ha señalado antes, puede tener consecuencias dramáticas para aquellas personas que padecen trastornos psicológicos y, en particular, dado el matiz vírico/infeccioso del momento actual, aquellos individuos que sufren de hipocondría.

Desde nuestro centro de Psicólogos en Málaga te mandamos toda la fuerza y animo para que junto con la información que te proporcionamos lleves lo mejor posible estos tiempos del coronavirus. Recuerda que nuestro psicólogo online sigue estando disponible durante este periodo y que estaremos a tu lado siempre que quieras.

Publicado por Francisco Gómez

Francisco Gómez es psicólogo clínico y forma parte del equipo de especialistas de Hernández Psicólogos. Se licenció en psicología por la Universidad de Málaga y sus áreas de especialización son psicoterapia de adultos, adicciones, psicoterapia familiar, terapia de pareja, trauma psicológico y apego.

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