En ocasiones, el empuje de la vida nos arrastra con tanta fuerza que es inevitable sentirse sobrepasado, acongojado y aturdido. Estas circunstancias vitales adversas pueden generar, en particular, una experiencia de trauma, debido a su impredectibilidad, la pérdida de control y la amenaza a la integridad psíquica y/o física tanto de nosotros mismos como de otros seres queridos.

Cuando un acontecimiento traumático arrasa nuestras vidas, sobre todo en edades tempranas, se produce una “fragmentación” de la conciencia, descomponiéndose la vivencia de dicho evento traumático en piezas separadas, inconexas entre sí, lo cual facilita el procesamiento socioemocional de este estresor o conjunto de estresores vitales. Dicho proceso de división o escisión de la experiencia traumática es lo que se conoce como disociación.

La disociación, por tanto, es un mecanismo de defensa, una estrategia de afrontamiento eficaz, en su momento, para la supervivencia postraumática: nuestro cerebro, al dividir y compartimentalizar ese hecho tan estresante, nos ayuda a seguir adelante con nuestras vidas.

¿Cómo puedo saber si padezco disociación?

A través de sus manifestaciones.

Un síntoma típico de disociación es la irrupción en nuestra conciencia de imágenes, pensamientos, sensaciones, impulsos e, incluso, conductas, que vivimos como ajenas a nosotros mismos. Por ejemplo, podemos experimentar un miedo intenso ante situaciones, aparentemente, inocuas o protagonizar actos ya sea verbales o motores, de los cuales nos arrepentimos más tarde, como conductas adictivas, tics, compulsiones con la comida, etc. A veces, todo esto es definido por el individuo en cuestión como una especie de auto-boicot. En definitiva, nuestro comportamiento no encaja con mi visión de mí mismo: ese no soy yo.

Otra forma de disociación es aquella basada en el bloqueo, ya sea físico, emocional o social. Esto es vivido por los pacientes como una especie de desconexión o entumecimiento. Como si, por momentos, nos sintiéramos desvitalizados: como si alguien nos hubiera robado el alma. Podemos sufrir olvidos, despistes o una falta de concentración relativamente crónica. O bien tener serias dificultades para conectar con el abanico de emociones de la experiencia humana: tristeza, enfado, miedo, etc. Esta insensibilidad puede resultar frustrante, a la par que desconcertante, ya que obstaculizaría en correcto devenir de nuestra rutina y funcionamiento sociovital.

El remedio para la disociación para por su fenómeno opuesto: esto es, la integración. Se dice psicológicamente que integramos cuando estamos reprocesando e interiorizando todo aquello que, debido al impacto del trauma y a la adaptación al mismo, se fragmentó. Psicoterapéuticamente, sería como volver a tejer lo que antes estaba deshilvanado.

¿Qué comportamientos favorecen la integración?

Debido a la relación casi inequívoca entre trauma y disociación, se recomienda no iniciar este proceso sin la asistencia, asesoramiento y apoyo de un profesional especialista en psicoterapia, ya sea un psicólogo clínico o un psiquiatra.

Todo proceso psicoterapéutico encaminado a romper con la disociación pasa, como ya se ha dicho antes, por favorecer inexorablemente la integración. Y esta, a su vez, se sustenta en dos pilares básicos: el procesamiento de la información y la autorregulación.

El procesamiento de la información (PI) es un paradigma psicológico que da buena cuenta de cómo una experiencia es recibida, asimilada y, finalmente, integrada por la persona. A modo de símil, el PI es la digestión de aquellos eventos socioafectivos que nos importan y afectan. El tratamiento psicológico del trauma tiene que operar, necesariamente, sobre el procesamiento de dicha vivencia, teniendo en cuenta todos los niveles de información (cognitivo, emocional, somático y relacional-social) y todas las direcciones (arriba-abajo, esto es, desde el pensamiento hasta la relación/conducta, y abajo-arriba, desde la sensación física y/o vínculo personal hasta la forma de pensar).

Por autorregulación emocional se entiende todo el conjunto de estrategias encaminadas a recuperar la armonía después de haber experimentado un suceso estresante que nos ha desestabilizado, emocional y físicamente. Existen dos vertientes en este proceso. Por un lado, están todas aquellas estrategias que podemos emplear, en solitario, para poder recuperar la calma, como dar un paseo después de una discusión, tomar un baño relajante después de una jornada de trabajo agotadora o escuchar música melódica en un momento de tristeza. Y, por otro lado, está ese grupo de conductas que nos permiten retornar a nuestro centro gracias a la socialización, como podría ser contar un problema a un amigo, recibir un abrazo de un ser querido en un momento de aflicción o, sin ir más lejos, narrar un recuerdo doloroso ante la presencia de nuestro psicoterapeuta. A todas estas estrategias se las conoce como regulación relacional.

Por consiguiente, y a modo de resumen, las medidas recomendadas para neutralizar los efectos de la disociación en nuestra vida, siempre dentro de un contexto de ayuda psicológica, serían las siguientes:

  • Ser conscientes de cómo la disociación de expresa en mi día a día, en mis relaciones y en mi cuerpo.
  • Tratar de aplicar aceptación y compasión sobre esa experiencia, normalizando: no somos culpables por padecer disociación, su presencia narra una historia de sufrimiento y supervivencia, tenemos el derecho de recibir ayuda por ello, etc.
  • Intentar, desde la conciencia corporal y el sentido común, no exponernos a situaciones que interfieran nuestro procesamiento de la información, ya sea por hiperactivación (sentir demasiada intensidad) o por hipoactivación (sentir demasiado poco o nada).
  • Ir favoreciendo una reconexión, gradualmente, con nuestras necesidades, valores y ritmos, con nuestra autenticidad y espontaneidad, para recuperar el control de nuestras vidas.

Como ya se ha señalado previamente, no es recomendable emprender este proceso de reconexión vital sin la ayuda de un profesional especializado, debido al riesgo de retraumatización o revictimización: la exposición a contenidos experienciales altamente dolorosos en solitario y/o sin los recursos de autorregulación y regulación relacional oportunos supone reforzar la disociación, volver a abrir la herida para hacerla más grande.

En Hernández Psicólogos estamos familiarizados con aquellos tratamientos psicológicos que respetan todos estos principios teóricos y recomendaciones clínicas, para incidir sobre los efectos perniciosos y limitantes de la disociación, como, por ejemplo:

  • EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares).
  • Terapia sensoriomotriz.
  • Mindfulness.
  • Caja de arena.

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Aprende a combatir la Disociación y los Síntomas Disociativos
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